La gotas de lluvia bajaban por el rostro de ella. Sostenía un bollo de crema de vainilla y con cada bocado le desbordaban lagrimones que se mezclaban con el sabor dulce del bollo.-¿Laura? -llamó Gru sosteniendo el paraguas a unos metros detrás de ella.
Ella bajó la mirada sin decir nada.
-Estás empapada...-agarró fuerte el ramo- ven, traigo un paraguas.
Ella negó con la cabeza sin voltearse y guardó el bollo en una bolsa. Puso sus manos en su regazo, cayéndole los lagrimones.
-No me importa mojarme...-hizo una pausa- estoy bien.
-Éste ramo no era para Lyllian, no me atrae en absoluto -Gru hizo otra pausa- es estúpida.
Ella se mantuvo en silencio, quitando sus lágrimas con la manga de su chaqueta marrón.
-Estas flores...-empezó- estas flores...eran para ti -sintió que su corazón iba a salirse del pecho- porque tu color favorito es el azul.
Hubo otro silencio y Gru temió que ella le rechazara. Cerró los ojos.
Ella se levantó del columpio, dejándolo balanceándose solo. Y con la cara llena de lagrimas se acercó a Gru.
-Tu fuiste la primera chica de la que me enamoré.
Ella también sentía como su corazón se aceleraba. Gru le miró a la cara con ojos brillantes, con lágrimas.
-Sigo guardando la amapola que me diste.
Ella se quedó sin respiración y se llevó las manos a la boca, aún con lágrimas.
-Sabía que eras tu -dijo entre sollozos.
En el cielo comenzaron a crearse ventanas de luz y la lluvia se apagó.
-Sabía que eras tu -se acercó a él rápidamente y lo abrazó con fuerza.
-Te quiero -murmuró Gru evitando llorar, rodeándola con el brazo que le quedaba libre.
-Y yo -murmuró ella sollozando- mucho.
El tiempo se paró para ellos, abrazados, un momento tan perfecto que no podían creerlo.
-Toma -dijo Gru separándola lentamente- son tuyas.
El ramo de rosas azules estaba lleno de rocío y se veía más brillante que nunca.
-Son preciosas -dijo ella secándose las lágrimas.
Gru sonrió.
-¿Volvemos a casa? -dijo ofreciéndole el brazo izquierdo.
Ella asintió enérgicamente y se aferró a él con fuerza, como si no quisiera soltarse nunca y ésto le hizo sonreir a él ampliamente.
El cielo lucía unos de sus mejores momentos, con ventanas de luces y el sol escondido entre las nubes. El aire rozaba el rostro de ambos, y en el reflejo de los charcos de agua podría verse dos niños felices cogidos de la mano, y el chico solitario, con una amapola en su mano. Ambos marcharon por la calle, aún con sonrisas en la cara.